2 de enero de 2017

Crónica de una serie no anunciada

Diciembre, 2016

—Hola, señor Bradley. Perdón. Brad. Pitt. ¿Cómo estás?
—¡Hola! ¡Mi director estrella! Pues nada, mira, aquí, sin Angelina, fumándome un porrito tranquilo, por fin, mientras produzco pelis y series a lo loco. Ocupo mi tiempo a la vez que hago millones de dólares, ya sabes cómo va esto.
—Oh, sí, entiendo, qué bueno. Eh... respecto a eso, sobre la serie...
—Qué, buenas noticias, ¿verdad?
—Sí, sí, claro. Bueno, la verdad es que...
—No me asustes...
—Mira, es que no sé bien cómo decirlo…
—No te preocupes, hay confianza.
—Bueno... seré directo: no alcanzamos a terminarla.
—¿Qué? ¡Mierda! ¡Lo sabía! ¡Pero si tenemos que entregarla mañana!
—Lo sé, lo sé.
—¿Cuántos capítulos llevamos?
—8.
—¡¿8?! ¡Pero si la primera temporada es de 26! Cojones. Ya sabía yo que no era buena idea alargar cada escena hasta hacerla insulsa.
—Sí. Es que al querer ser creativos...
—Ya... ¿Entonces? ¿Qué haremos, idiota?
—No sé, Brad... Quiero matarme.
—No, no, no te preocupes. Tendremos campaña de prelanzamiento al menos, ¿no?
—¡Lo siento! ¡Se nos olvidó eso también! ¡Me mataré,  me mataré!
—¡No, no! Espera. Algo haremos, no te agobies, inútil.
—Está bien. —Llora desconsolado. 
—Ok... a ver… bueno... déjame pensar. Al menos la serie hasta el momento tiene sentido... ¿no?
—¡Brad! ¡Por favor! ¡Llevamos 8 de 26! ¿Quieres enloquecerme?
—¡Ok! ¡Ok! Cálmate. A ver... ¡Título! Título tendremos... ¿Verdad?
—Oh, ¡por Dios! ¡Qué vamos a hacer! ¡Qué vamos a hacer! ¡Dios!
—¡Ok! ¡Ok! ¡Cálmate, vago de mierda!
—Vale...
—Sí. Espera... algo debemos tener... las actuaciones, serán buenas, ¿no?
—Eh...
—Cojones. Los actores son guapos, al menos...
—Pues...
—Mierda, es más grave de lo que pensaba. ¡Efectos especiales! ¡¿Hay?!
—Algo...
—¿Edición? ¿Fotografía? ¿Música?
—Pues, hay coreografías...
—Mierda. Es muy grave esto.
—Perdóname, Brat... —Solloza.
—Es igual... Ya sé lo que haremos: la enviaremos así.
—¿¡Así!?
—Sí, así. A ver qué pasa, mierda.
—Oh, Dios santo, ¡nos matarán igual! ¡Mejor lo hago yo mismo ahora!
—¡No! Ya te dije que te calmaras, maricón. Debemos intentarlo. Confía en mí.
—Vale... —Se suena la nariz.
—Y monta un teaser al menos antes de enviarla, ¡gandul!
—Sí, sí señor. Lo hago esta noche y armo el WeTransfer. Mucha gracias, Brad.

Dos días después.

—¡Brad, Brad!
—Dime.
—¡La aceptaron! ¡La aceptaron! Bueno, no sólo la aceptaron, ¡les pareció genial!
—¿En serio? Coño, parecen franceses. —Se echa una calada.
—Sí, ¡lo sé! —ríe estrepitosamente—. La estrenarán el viernes 16.
—Excelente.
—Pero... Brad, y si la prensa viene a preguntarnos, querrán entender cosas, ¿no? ¿Qué diremos?
—Nada, tú tranqui que tiramos seriedad.
—Oh...

Una semana después.




15 de agosto de 2015

Un mes en Panamá

—Espacio púbico. Lo que hay acá es espacio púbico, porque parece pensado y hecho con los cojones.  Le dije al arquitecto panameño y se cagó de la risa.

Uno camina por las calles de Panamá Ciudad y es una pequeña (y cojonera) aventura. Parece pensada por niños para niños: un pequeño charquito, un pequeño escaloncito de cincuenta centímetros de altura, una pequeña rampa con cuarenta por ciento de pendiente, un pequeño bus que casi te atropella porque no hay señalización ni paso peatonal. Y así va uno, divirtiéndose mientas llega a su destino.

Pero uno se pone a pensar cuando piensa, si es que se piensa, que mi definición espacio púbico en realidad no aplica, porque se presume que el espacio público se ha pensado, y lo más probable es que en efecto, no se ha pensado. Es decir, ha ido saliendo como ha salido porque no hay norma ni autoridad decente que la regule, entonces todo es una caca. Y en algunos casos es literalmente una caca, porque las aguas residuales no se han canalizado del todo, entonces las calles hieden a mierda por algunos sectores. Y no es raro porque aunque hay mucho dinero en el país (al canal le entran más de dos mil cuatrocientos millones de dólares anuales) ha habido poco tiempo para planificarlo desde el año dos mil que cumplió su mayoría de edad, cuando papá Estados Unidos lo dejó solito. Entonces uno entiende: Panamá es un adolecente con mucho dinero que se pone a chicanear y a construir edificios muy altos a ver quién la tiene más grande. Entonces aparece la Torre Trump saludando al Océano Pacífico, con sus doscientos ochenta y cuatro metros de altura y setenta pisos de puro lujo, pero cuando uno baja a la calle se encuentra un andén de un metro de ancho y una señora vendiendo pollo frito en un carrito. Y uno entiende. 

La otra cosa es que los panameños no caminan por la calle, que uno se pregunta si es porque es imposible llevar un coche de bebé por la ciudad, que sí, o es por la insoportable humedad que la vida exterior parece una sauna casi todo el rato, que también. Pero uno de colombiano conchudo insiste en caminarla y es un peligro hasta gratificante: a veces el espacio para caminar se transforma en un sardinel de quince centímetros seguido por un hueco de dos metros, entonces uno ya no es un peatón convencional sino un practicante de Parkour, y uno se siente joven.

Uno va caminando por las calles de Panamá, sube la mirada y ve el Miami Downtown, pero la baja y está en la Carrera Novena de Barranquilla. 


Corredor Sur hacia Costa del Este y Punta Pacífica el día que llegué 

Por lo demás Panamá está muy bien, exceptuando eso sí que los dueños de las vías son los taxistas que se atraviesan como, cuando y donde quieren, y cobran lo que quieren porque no existe taxímetro que regule el precio del servicio, igual por un kilómetro de recorrido te cobran dos dólares o cinco, eso depende de muchas cosas, como de si les da la gana de cobrar tres o diez, por ejemplo. Además de que recogen más personas durante el trayecto, entonces no es un servicio personalizado y expreso, sino que automáticamente el taxi se convierte en un colectivo, así, por sus huevos. Y también exceptuando que en las ciudades no existe Perímetro Urbano ni Perímetro de Servicios Públicos, entonces es como una gran selva virgen que todo el que quiera construye donde quiera y si soluciona el tema de servicios básicos de alguna manera, con pozos y fosas sépticas, pues se le aprueba el proyecto, así no llegue una red de agua potable, ni de alcantarillado, ni vías pavimentadas, ni servicio de Transporte Público ni dios que se pase a saludar, no pasa nada, se le aprueba y todos tan contentos.

Y bueno, algunos detallitos. Acá además se construyen rascacielos como si nada, a punta de losas postesadas y columnas famélicas para semejante altura, como si por arte de magia panameña el país tuviera un suelo diferente al de Colombia y Costa Rica, países limítrofes que comparten fallas geológicas y donde la normatividad antisísmica es mucho más exigente. Ahora trabajo en un proyecto de un edificio de doce pisos que alcanza luces de dieciocho metros a ejes con dos piscinas en la terraza, una de ellas semi olímpica. Ya nos hemos reunido dos veces con el ingeniero calculista que afirma que no hay problema y no sé si me he distraído, pero no lo he visto echarse la bendición mientras lo dice.

Panamá también tiene algo de ese realismo mágico de García Márquez. El otro día fuimos a hacer una visita de obra a una promoción de vivienda (de esas donde ni dios se pasa a saludar) que lleva un retraso de cuatro meses respecto a su proyección inicial de construcción, y que es propiedad de un promotor español que iba a nuestro lado viendo los múltiples gazapos constructivos que tiene gracias a una mano de obra lenta y perezosa, y ya casi al final de la jornada cuando estábamos cansados y con mucha sed, un arquitecto le preguntó al obrero de cubiertas que cuánto tenía la luz entre las vigas del techo. El obrero se quedó mirando la distancia, sin un flexómetro a su alcance y echando mano a su experiencia dijo vacilante: “unos… sesenta centímetros…”, pero justo después con un tono más seguro afirmó: “¡o un metro!”.

Pero nada, yo no le paro bolas a esas cosas, de resto bien, Panamá está muy bien. En serio.

17 de abril de 2015

Los arquitectos estamos solos

Los arquitectos ─sobre todo en este contexto donde nos encontramos─, somos unos parias que hablan de cosas raras todo el rato, que el espacio, que la luz, que la penumbra, que el vacío, que la sensibilidad, que el habitar, que el color, que la materialidad, que la forma, que la ciudad, que la poética… Pero eso qué es, ¿para qué sirve? ¿Rentabiliza? ¿Consigue votos? ¿Sostiene edificios? ¿Vende más metros cuadrados? ¿Les facilita la vida a los calculistas y constructores? ¿Les da más dinero a los promotores? No. La respuesta es no a todas esas cosas. Es algo inútil en este mundo de mercantiles que solo se interesan por cosas baratas y comerciales.

Incluso entre arquitectos eso suena raro. Conozco muchos que no tienen idea cómo se logran y para qué sirven ese tipo de cosas. Entonces mejor maticemos: algunos arquitectos estamos solos. Sólo nos entendemos parte de algo cuando algunos grandes maestros de la arquitectura ─que eso sí, casi todos los arquitectos veneramos y nos enorgullecemos de ellos─ dicen cosas como “la arquitectura es poesía, algo muy sentido que se traduce mediante una metáfora construida”; “la labor del Arquitecto no es la de dios, que crea, en todo el sentido de la palabra, sino la del poeta, que recoge lo existente, y le da una nueva mirada”; “mi objetivo es fundir ornamento y estructura”. Es decir, cosas cursis para cualquier ser práctico en la vida. Pero es que ¿para qué sirve? ¿Rentabiliza? ¿Consigue votos? ¿Sostiene edificios? ¿Vende más metros cuadrados? ¿Les facilita la vida a los calculistas y constructores? ¿Les da más dinero a los promotores? Que no. No sirve para nada de eso.

En cambio sirve para otras cosas inconmensurables y menos importantes: sirve para emocionarse, sirve para identificarnos, para concienciarnos, para conocernos, para tener sentido de pertenencia, para pensar, repensar, sentir, para contemplar claramente, al fin, lo efímero, lo tácito, lo esencial, o simplemente para permanecer plácidamente en este mundo ingrato, lleno de realities y de banqueros y políticos. Lleno de infames y pregoneros y guerreristas… en fin. Lleno de gente. Sirve para pasar con dignidad, sentirse pleno, desprenderse, disfrutar del paisaje, de un buen día, de un buen clima, de una textura, del silencio, del agua, del viento, del cielo, para resaltar esas cosas que pasan todos los días y solo nos enteramos de ellas una tarde cualquiera de jueves lluvioso. Para eso sirve: para vivir mejor. En algunos casos, incluso sirve para existir.  

El otro día leía algo como que “la arquitectura no es un lujo, es una necesidad. Uno no come por lujo, uno come por necesidad”. Así, como comer, Rogelio Salmona la ponía en esa escala de prioridad. Eso no lo dice casi nadie ni lo piensa casi nadie, solo un genio, por poner un ejemplo de las cosas que casi no importan.

Publicado originamente en ingeometrica.com

14 de julio de 2014

(Te) recuerdo

Recuerdo ir conduciendo en la noche aquel auto, contigo, vestidos de fiesta. Y no hablábamos aunque la noche brillaba espléndida. Sabíamos que nuestra relación moría, que nos dolía por dentro; errores y más errores que vinieron de ambas partes acumulados desde las dos orillas del Atlántico, que seguirían acumulándose para siempre. Pero ahí estábamos juntos, destruidos pero juntos. Y no hablábamos, pero la noche era verano aunque nuestras almas fueran invierno, y queríamos airearlas un rato. Y estuvimos en lugares bonitos. Salimos a sentir la brisa mediterránea, a tocar el agua  cálida con los pies, o con esas almas, no sé. A soñar con vivir ahí aun viviendo ahí. A soñar con habernos tratado mejor, con haber valorado nuestra fútil existencia desde el principio. A lamentarnos de habernos roto.

―Quiero vivir aquí toda mi vida, contigo. Yo no contesté.

Caminabas descalza sobre las rocas de Salou y yo en cambio contemplaba la noche oscura y bella y cálida contigo de banda sonora. Con tu figura hermosa a juego con la luna amarilla. No existe lugar más bello en mi memoria como el de esa noche, que conocí contigo. Fue una alegría insípida y sin amor. Fuimos las personas más tristes en el lugar más hermoso. Donde te esperé. Donde justo terminamos todo lo que debió empezar. 

11 de marzo de 2014

Carta abierta a La Tebaida

Alguno podrá decir al final de estas palabras y no con poca razón, que puedo llegar a ser desconsiderado, insensible,  inconsciente, intransigente y hasta ignorante de la realidad social del pueblo, pues no he vivido en él hace rato, pero ya que hablo desde el desconocimiento, puedo permitirme la licencia de, al menos, ser honesto. Algún otro más objetivo dirá que soy un romántico. Que sepan todos igualmente que como reconozco mis potenciales debilidades argumentales, también debo confesar que hablo con las bases suficientes para saber lo que sucede en el ámbito profesional de la arquitectura y sus profesiones afines en La Tebaida, que para bien o para mal, es a lo que me dedico últimamente.

Todos sabemos que  La Tebaida es un pueblo pequeño que queda en medio de la nada, donde hace mucho calor y cuando menos se espera caen aguaceros como si no hubiera un mañana; un pueblo que cada vez se parece más al Valle del Cauca está fuera del Paisaje Cultural Cafetero,  y cada vez menos al Quindío después de 1999 quedaron pocos ejemplos, casi nada, de la arquitectura de la Colonización Antioqueña, y que las fuentes de trabajo son, por así decirlo, casi inexistentes, por lo que se debe trabajar fuera, casi siempre en Armenia y por poco dinero. La Tebaida es, básicamente, un pueblo dormitorio; ah, y bueno, un pueblo borracho: borracho de licor, de prostitución, de ignorancia, de corrupción y poder, pero esa es otra historia. En fin: que somos pobres sin identidad.

No obstante, después de haberme despachado de ésta manera, con perdón de muchos y beneplácito de pocos, también sabemos que el municipio crece en su población y en su infraestructura, cada vez se hace más grande y se construyen más y más cosas, o para ser más precisos, más y más casas, que no mucho más. Entonces opino que debemos, por lo menos, hacerlas bien.

¿Por qué se deben construir las cosas bien? Porque después de la calamidad del terremoto de hace 15 años, resulta incomprensible que no hayamos aprendido la lección, o que nos hayamos olvidado tan rápido de ella. Y la lección es simple: si las cosas no se construyen bien, a la primera de cambio, se caen, y lo complicado es que se caen encima de uno, con no pocas posibilidades que puedan matar al desafortunado. Entonces hay que edificar bien. Simple, ¿no? Aunque alguno ya dijo con acierto que “las cosas más sencillas son las más difíciles de entender”.

Podrá ser un despropósito escribir algo tan lógico, pero cada vez veo más y más que se construye mucho sin las licencias de construcción pertinentes, es decir, viviendas ilegales, sin ningún tipo de control de calidad por parte de un profesional calificado y del organismo de control correspondiente, y el motivo más popular resulta ser falta de dinero por parte de sus dueños. No es raro escuchar testimonios del tipo, ‘los honorarios de los profesionales son muy caros’, ‘la gente no tiene plata para pagarlos’, ‘apenas tenemos para la construcción de la casa’...  en fin. A mí me perdonarán la desfachatez de ser sensato, pero no. Ese ítem no es caro. Caro es algo que vale menos que su precio y la arquitectura vale mucho. Pagarle a un profesional que le diseñe y construya su vivienda no es caro, es una inversión justa y prioritaria que vela por la seguridad propia y de los demás ciudadanos, y es una auto-exigencia necesaria para edificar ciudad y vivir en civilización.

Algunas veces, por otro lado, me he enterado que la gente que quiere hacer las cosas bien, que tampoco es poca, contrata a un profesional y éste también le tima y nunca le entrega su licencia de construcción, y aun así le dice que puede empezar a edificar. Es casi como decirle: bien pueda y construya lo que eventualmente ocasionará su propia muerte. También hay alguno que otro profesional inescrupuloso que firma planos que no cumplen ni con los mínimos requerimientos de ética profesional. Es decir, hay de todo, hay que ir con cuidado y todo decanta en lo mismo: viviendas espontáneas que atentan contra la vida humana.

Yo entiendo que esto puede ser un discurso incómodo (aunque estoy seguro que necesario), pero imagino que también habrá alguno que otro incauto que esté de acuerdo y que comprenda  que a lo único que apelo es a que cada uno tome conciencia de lo que hace y lo que debería hacer, porque nadie podrá decidir por él y que al optar por no cumplir las normas de los hombres, no vaya a ser que la ley de la vida sí pase factura algún día.

Que sepan igualmente que como reconozco mis potenciales debilidades argumentales, fundadas en ‘la realidad’, éstas están resguardadas Michel Foucault, uno que entendía muy bien cómo funcionamos las personas, y que en su momento dijo, "la gente sabe lo que hace; con frecuencia ellos saben por qué hacen lo que hacen; pero lo que no saben es qué hace lo que ellos hacen."

**Publicado en el periódico La Razón de La Tebaida, Quindío, Colombia.

2 de marzo de 2014

Dos países, la misma mierda

La prensa deportiva española es súper intensa porque es lo que requiere el momento: drama, polarización. Es a España lo que la novela a Colombia, entretenimiento, distracción, dilación. La otra prensa, la política, la social, la económica, es tibia; no le quiere dar prioridad a lo importante porque significaría la anarquía total, que es la única solución a una crisis política-social-económica de un sistema que parece llegar a su fin, o por lo menos para la gente de a pie, que es la que importa, y todos saben que ésta gente no está preparada para esa solución. Por ende la prensa española en general es inteligente.

La prensa colombiana se hace la estúpida y además está vendida por dos razones. Si fuera consecuente con la realidad e informara lo que corresponde, la aniquilarían. Y si fuera independiente, la eliminarían también. Por ende, también es inteligente al tener sentido de conservación y aunque los periodistas saben bien que son las prostitutas de turno y que nunca serán recordados como buena prensa, al menos estarán vivos para saberlo y no ser unos cadáveres prestigiosos. Respetable, cobarde, pero respetable. Acá hay pocos periodistas independientes y hay que ponerles atención mientras los desaparecen.

En Colombia el buen periodismo es heroísmo, y en España el buen periodismo significaría instar a una guerra de guerrillas, o a algo más gordo: el derrocamiento de un sistema vil. Lastimosamente, en las dos partes del mundo reina la barbarie a su manera, acá aún es a la antigua, directa, a bala. En Europa es más civilizada, monopolio económico, la explotación del hombre por el hombre, pero de una forma más sofisticada, sin que los enemigos se conozcan, se sabe más o menos dónde están, hay flechas indicadoras, pero no se ven en las noticias. ¿Cómo se ataca a un enemigo invisible? siempre hay formas de solucionar las cosas. 


Al final, no importa dónde se esté y cómo se llame el país donde se esté, la humanidad siempre busca la forma de aniquilarse ella misma, de burlarse mientras se aniquila, de aprovecharse del vecino, de destruir al otro que es ajeno a los intereses propios. Es nuestro entretenimiento mientras pasa eso de la vida. A eso vinimos.

10 de enero de 2014

OMA, Koolhaas y su distopía

En estos días que he contado con tanto trabajo, afortunadamente, he disfrutado la irresponsabilidad de pararme a estudiar al papá de la arquitectura contemporánea, Rem Koolhaas.

Básicamente es un contradictor, porque entiende que la respuesta al mundo en el que estamos debe ser exactamente lo contrario. Es sentido común. Si uno está mal, la solución pasará por hacer lo contrario, o por lo menos algo diferente a lo que se ha hecho hasta ahora.  Lo ejemplifico: si Le Corbusier dijo Planta Libre, él dice planta baja encerrada. Si sus colegas dicen, hay que mimetizarse en el paisaje, él dice a la mierda el contexto. Y sospecho que si John Lennon dijo que la respuesta es el amor, él diría que es el odio. Y así va. Llevando la contraria y acertando.

Además cuenta con la suerte de ser hijo de escritor y nieto de arquitecto. Entonces decidió ser un arquitecto que escribe o un escritor que hace arquitectura, uno elige. También de ser europeo y de llevar en el código genético las cicatrices de las dictaduras, las guerras e injusticias de su historia continental. Entonces, fundado en todo eso, que se resume en conocimiento involuntario, casi instalado de serie, lo que hace es dar un paso adelante, o mejor, a un lado, dejando que el mundo pase de largo y para él poder detenerse a pensar. Los europeos casi siempre han dado el paso correcto hacia la evolución, pero eso sí, después de grandes tropiezos. Koolhaas entendió que ahora Europa está tropezando de nuevo y por eso prefiere pararse a tomar, retomar, calcular, pensar y comunicar. Comunicar creando, sobre todo. Ya lo dicen sus colegas: “OMA funciona como una editorial y él es el editor jefe”. Creo que temprano entendió que que hay ocasiones en las que es mejor no evolucionar sino simplemente pensar, crear y comunicar, y esperar a ver qué pasa. (Y han pasado muchas cosas).

Un ejemplo claro. Él, después de estudiar la arquitectura del Muro de Berlín y realizar su respectivo trabajo académico, le surgió la idea de crear una ciudad dentro de otra ciudad, que consistía en construir dos muros paralelos dentro de Londres e instar a sus habitantes a residir dentro de ellos, dejándolos ser conscientes de que no serían libres. Es decir, lo ciudadanos tenían la libertad de elegir ser prisioneros. Toda una contradicción: una distopía. 

Exodus Project - 1977 (más imágenes aquí)

Este trabajo lo llevó a gozar de reconocimiento internacional, aunque eso no importa ahora. El punto es que él tuvo que inventarse esa ciudad y esa sociedad, y yo, que estoy parado en Colombia en el año 2014, ya resido en esa ciudad y convivo dentro de esa sociedad, si no literal, sí figurativamente. Eso, idefectiblemente me lleva a concluir que, qué entretenido y estimulante sería hacer un trabajo académico desde la arquitectura respecto a la sociedad en la que vivimos, y después, sentarse a esperar a ver qué pasa.

PD. También me parece interesante hacer un análisis sobre cómo en su oficina, Office for Metropolitan Architecture, se articulan tan fuertemente el diseño gráfico y la arquitectura.

21 de diciembre de 2013

Hágase y háganos el favor



Imaginemos por un rato que Usted es un gran lector cual García Márquez, cual Che Guevara, cual Steve Jobs en sus juventudes, que devoraban todo lo que caía en sus manos. Ya sé que es difícil que eso pase, porque me incluyo en la basta masa ignorante que somos, pero si es capaz de hacerlo,  puede llegar a imaginarse sentir que ésta entrada es como un caramelo agridulce, y esperar a saber a qué le sabe al final, si más agrio que dulce o viceversa, podemos continuar con el siguiente reto, que es más pretencioso aún. Ahora imagínese que le gusta la arquitectura y que está dispuesto a leer algo al respecto y al final de la lectura, podrá sentirse con la autoridad moral e intelectual de opinar, suponiendo que vivimos en un mundo libre. Si estamos de acuerdo en esos dos o tres puntos, ingenuos pero loables, proceda.

Ya sé que la argucia de picarle para que lea éstas palabras es deleznable, pero necesito su atención (de verdad, la necesito, la necesitamos), porque ésta entrada no va dirigida a mis amigos arquitectos, sino a mis amigos no arquitectos. A Usted. Va dirigida a Usted, ese tipo de persona envidiable que eligió, por vocación, por convicción o por opción, y con mucha fortuna, no joderse intentando crear productos agradables, adecuados y funcionales para otras personas. Sí, el ser arquitecto es un infortunio y muchas veces, un despropósito. "Es una mujer muy cara", como dijo alguno de nosotros hace rato. Porque hable con quien hable, nadie, casi sin excepción, cumpla las funciones que cumpla o ejerza la carrera que ejerza, se aplica y se implica trabajando las horas, días, semanas y meses que hagan falta, casi sin parar, sacrificando incluso el tiempo de su familia, para terminar un producto a satisfacción de terceros y a insatisfacción propia, que una persona que dedique a la arquitectura (que no a la construcción).  O bien, llámese escritor, compositor, escultor, pintor, en general, a las bellas artes. No hay oficio más exigente que el de complacer los sentidos de los demás, y eso muy pocas personas lo logran comprender, porque claro, como sus oficios tienen horario con inicio y final, no logran entender cómo alguien puede sentir ese impulso incontrolable, desmedido y necesario de trabajar día y noche en un proyecto sin calcular su desgaste físico y mental, para sólo hacer una labor casi altruista, como la de satisfacer las necesidades de un cliente que no valorará totalmente ese esfuerzo. Entiendo que en este mundo de mercantiles comprender la pasión, la dedicación y el compromiso con y por el arte es complicado.

Esta información que le acabo de facilitar puede parecer autocompasiva, que lo es, pero es muy necesaria para entender el mensaje final.

Yo, que soy un romántico del tema y como habrá notado, elevo la Arquitectura al nivel de las artes más sublimes, no por egocéntrico que también, sino porque le creo a los griegos que lo dijeron en su momento y que entre otras cosas maravillosas nos regalaron la democracia. 

Imagínese que el arte tiene precio y que un cuadro pintado al óleo tiene cliente. Casos se han dado, porque los artistas también comen y necesitan dinero y hasta Picasso pintó retratos. Pero ojo, eso no tiene precio, porque los sentimientos no lo tienen, (¿no?) y el arte es un sentimiento expresado. Expresado en un papel, en un lienzo, en una piedra o en un espacio. Por eso no se puede llamar arte a lo que hace una persona con cierto talento, que es catapultada a la fama por una maquinaria publicitaria con fines comerciales, llámese gamín venido a reguetonero o Justin Bieber. Ahí que entre el diablo y escoja.

En fin. Un dato: más del 90% de las construcciones en el país no fueron diseñadas ni construidas por arquitectos, sino por profanos en el tema (y eso incluye a ingenieros). Así como un alto porcentaje de colombianos nunca pudieron tener acceso a la educación y por eso terminaron genocidas en el poder como Álvaro Uribe Vélez. Hay mucho por hacer. Casi todo.

Y bueno, eso no termina ahí, ese poco menos del 10% que se diseña y se construye por arquitectos está viciado por los clientes que poco se conforman, y que obviamente, poco saben del tema, porque en principio, para eso contrataron los arquitectos. Entonces, ¿qué porcentaje del país está diseñado y construido adecuadamente? Muy, muy poco, eso es seguro. Por eso la categoría de proyectos resultado de concursos es tan importante. Aparte de ser la única herramienta que permite acceder a un proyecto democráticamente, es casi la única que respeta el diseño original del arquitecto. Pero ese es otro tema.

Ahora bien, Usted que no me conoce (porque ni yo), haga el esfuerzo de atender esto que lo digo de buena fe: un arquitecto siempre querrá hacer lo mejor para Usted. Bueno, 'siempre'... no se mete la mano al fuego por nadie, pero seguramente la gran mayoría sí. Así que por favor, déjelo hacer su trabajo tranquilo, lo más seguro es que Usted termine satisfecho por muchas razones. Le atenderá sus inquietudes, le ahorrará dinero, le solucionará sus problemas, le proporcionará espacios amenos para su habitare y el de los suyos en el mundo y hasta ejercerá de psicólogo si hace falta; en pocas palabras, le mejorará la vida en grandes proporciones. Por otro lado, no le desprecie, no le menosprecie, no infravalore su trabajo, que éstas personas (siempre me incluyo) trabajan buscando su bienestar, para eso los educaron, no para engañarle: páguele bien. Pague bien, en general. Las cosas son mejores cuando se remuneran correctamente. El producto será el mejor, su vida será mejor, y la del arquitecto también.

Al final, Usted disculpará, pero no hay mensaje, sólo es una opinión suelta, porque cada uno decide, como siempre, desde cómo actúa hasta cómo vota que es lo mismo. Éste sólo fue un pretexto para confesar algunos sentimientos reprimidos que siempre están en el aire de ésta mi profesión, y que pocos escriben, pero sí se dice y mucho. Yo di un paso adelante, porque, parafraseando a José Saramago suscribo, es tiempo de volver al compromiso, el arquitecto tiene que decir quién es y qué piensa. ¡Salud!

28 de mayo de 2013

Elogio a la grilla

Esa chica sensual que engalana nuestros paisajes urbanos con su leve caminar rodillijunto patiapartado, que con cadencia salsera alegra la ciudad y con sus vestimentas coquetas se roba la mirada de cuanto viejo verde camina a su alrededor; esa trigueña bajita, esa blanquita laboriosa, esa rubita de caja, esa de modos simpáticos y mirada desenfadada, a esa mujer que representa, a groso modo, más del 90% de la belleza femenina colombiana, y que inadecuadamente es catalogada como grilla, a ella, le dedico este elogio que busca enaltecer su existencia en nuestro panorama nacional.

No hay nada más sexual que un chamizo bien tatuado sobre un coxis femenino. Simétrico como la naturaleza, encantador como su propio lienzo, que invita a contemplarle, a acariciarle, a palparlo para apreciar su prolijo arte y que al no poder hacerlo, se van las ganas detrás de él cuando se baja en la siempre odiosa parada del autobús.

Pocas cosas más sensuales, compartirá Usted conmigo, querido lector, que un par de chanclas bajitas de cuerina blanca y de diseño minimalista con toques rococó,  que por baratas que sean las firmaría el propio Steve Jobs si hubiera sabido que servirían a unos hermosos pies, con sus uñas siempre pintadas de colores y formas inocentes, que cualquier hombre besaría encantado si no fuera porque se van de prisa entrando a alguna tienda de accesorios brillantes.

Nada, nada se compara a esas blusas ceñidas a su cuerpo moldeado por la simple naturaleza, con esa grasita animal tan saludable, donde las aburridas rutinas del gimnasio nunca han intervenido y que cuando avanza en edad tiende a lucir una leve barriga en una forma redonda pura; sí, esa blusa variopinta, que a veces va suelta, de mangas asimétricas, de tela lisa transparente que termina en diagonal sobre la cintura y que deja apreciar esas curvas, a veces convexas y otras cóncavas, ¡qué importa!, de esa figura femenina que se entrelaza con pantalón apretado acompañado, a veces por chancla y a veces por bota negra puntuda, y que se deja adornar, cómo no, por el encanto de las lentejuelas.

Ella, digna egresada de universidad privada clasemedia, oh, sí, grilla hermosa; esa chica que ya sabe que "Marbelle es una boleta, marica, qué tal"; que sueña con ser Jessica Cediel en el catálogo de Ela o Laurita Acuña, flaca mamasita, junto al buenazo de Jota Mario por las mañanas; que admira a Falcao, "papasito", y que viste la camiseta de su equipo favorito cuando corresponde, llámese Nacional o América o Colombia, ella, grilla preciosa, qué pasión tienes, brindo con cerveza Águila por todo lo que eres.

Ella, que en su Facebook aún escribe CoMBiNanDo SimPäaTiCAmeNte LaS MayUscuLAS y MinUsKulas, Con kas y cus a su antojo, despreciando a la aburrida ortografía, ¡qué creativa es!

Ella, que tiene todos los méritos estéticos para futura funcionaria pública y con un poco de suerte podrá ser gobernadora de algún departamento cafetero.

Ella, que sin esfuerzo alguno contonea sus curvas, a veces convexas y otras cóncavas, ¡qué importa!,  al fabuloso ritmo del reguetón, género musical tan liberal, como su propia ideología.

Tú, sí, tú, amalgama de virtudes, que cuando te bautizan con un nombre tedioso lo transformas en algo divertido como Elianis, Luisis o Lauris para poder estar a la altura de tus amigas Miladis, Yuramis o Yorladis.  A ti, bella mujer, que podría seguir adulando con cientos de características espléndidas, nunca cambies, y si te cuestionan alguna vez, di con orgullo: "mi originalidad es de mí misma, yo me visto como yo, yo bailo como yo, yo me expreso como yo" sin miedo ninguno. No dejes que te estereotipe nadie, sigue así, auténtica, alegre y descomplicada, porque sin ti, este país no sería tan apreciado por los queridos estadounidenses y no sería catalogado por los respetados ingleses como el segundo país más feliz del mundo después de las islas Vanuatu.


5 de abril de 2013

Cuando el pasado no te alcanza


En alguna ocasión en mi apartamento de España llegó de pasada un amigo de mi prima proveniente de Andalucía, ni muy viejo ni muy joven, muy simpático, inteligentísimo, porrero, sumamente culto, pero sobretodo trajinado, tenía la pinta de haber triunfado y fracasado varias veces en la vida, y por esos días se le notaba en la mirada que andaba en horas bajas. Después de intercambiar algunas ideas, porros y tragos sociales salió el tema de la música. Le comenté que solamente conocía una buena banda española después de Héroes del Silencio o como mucho Melendi o Estopa, que venía a ser Vetusta Morla. El hombre encantado por lo que acaba de decirle sacó de su bolso de viaje varios cedés de rock español. Entre ellos, me dio la impresión que sacaba algún tesoro de esos que se manipulan con mucho cuidado. Era un álbum de cómics que contenían las letras de las canciones de un artista que el hombre evidentemente veneraba. Yo, mientras lo escuchábamos y en medio de mi ignorancia sólo le presté la suficiente atención cordial como para que terminara su cuento y así poder pasar a otras cosas. No me interesó mucho lo que me contaba de éste cantante y como seguramente él entendería que no me cautivó lo suficiente, seguimos en otros temas, y al día siguiente continuó con su viaje para nunca más volverlo a ver en mi vida. Ni recuerdo cómo se llama este hombre que, ahora que me encuentro entre tanto impresentable, me cae mejor de lo que me cayó en ese momento.

Hoy estaba buscando música nueva, que es lo que usualmente hago en mis ratos de ocio y me topé con Iván Ferreiro, un cantante español como cualquier otro, pensé, y entonces lo puse a sonar y de repente se me vinieron todas las cosas que me contó ese tipo en esa ocasión. Fue una traslación inmediata a ese momento. Me acordé que me mostró el librillo de cómics y me explicaba lo que había significado ese artista para él y lo mucho que lo había ayudado en tanta vida que había vivido. Ahora lo entiendo mucho más que en ese momento, no sé si porque ahora le presto más atención a las letras, o porque simplemente las cosas en la vida no aparecen cuando te las quieren mostrar, sino cuando estás preparado para ellas. Es una música intimista, encantadora, muy honesta y brutalmente cruda. Ahora quisiera darle las gracias a ese tipo que me enseñó esta música en su momento, y de paso pedirle disculpas por no valorar lo que para él era tan importante y quería, desde la bondad, que lo fuera para mí también. Tío, donde quiera que estés, gracias por esto.




13 de febrero de 2013

Un día con Paul Auster

Un día leyendo a Paul Auster. Exactamente una de sus obras más prolijas según se rumorea por los pasillos de Internet: La ciudad de cristal, una novela que hace parte de su Trilogía de Nueva York. Un libro de tres que, según cuentan las malas lenguas de Wikipedia, significarían el "lanzamiento internacional" del escritor neoyorkino ya bien galardonado con el premio Príncipe de Asturias (2006). Magnífica narrativa, vale apuntar, encoñador, diría el príncipe español al leerlo.  Ya sé que no es tan relevante que haya leído un libro (aunque me queda la enseñanza que se puede leer un buen libro en un solo día), pero lo que sí es relevante es haber leído éste libro especialmente, recomendado por una tuitera un 22 de noviembre solitario, como hoy. Por cierto, gracias a @paolaarcila. Es importante porque me incitó, como todo buen libro, a escribir respecto a él; o mejor, me sirvió de pretexto para escribir sobre cualquier cosa, como de mí mismo, por ejemplo.

Me llegó. Me identifiqué con el personaje más de lo normal, y no precisamente de forma positiva, lo que es preocupante. Me tocó las fibras cuando Quinn, el escritor venido a detective se va convirtiendo en indigente, poco a poco, hasta el punto de perderse del relato, no sin antes perderse de sí mismo. Es triste seguir ese proceso desde fuera, como simple lector. También, en mi caso, un poco azaroso. El proceso de cómo alguien normaliza su propia perdición me desesperó. Cómo alguien totalmente sensato y elocuente puede echarse a perder. Y me identifiqué porque me recordó a mí mismo en una época oscura de mi vida, cuando vivía fuera de mi país y lejos de mi familia, solo, desamparado, desarraigado, que llegó un momento plano y sórdido en que nada importaba, no te importas tú mucho más de lo que tu vida merece, es lo que puedo interpretar ahora. Normalmente a ese estado se le llamaría depresión, en un afán de identificar y clasificar las cosas, pero uno está tan bien consigo mismo que no lo es, no es depresivo, a lo mejor desde fuera, pero desde dentro es simplemente irse, dejándose ir, siendo testigo consciente de tu despedida de la vida convencional, del devenir normal de los días, de la cotidianidad social, de hacer vida como un ser corriente. 'No importa', pensaba yo, "qué importancia tiene" pensaba Quinn, ¿cómo no identificarme?

Hoy me enteré que he sido un indigente, o como mínimo un indigente emocional. No he vivido propiamente en la calle, por lo menos no más allá de dormir por algunos minutos en un andén, borracho y con amigos borrachos, pero sí he pensado y me he sentido como un indigente, al menos por un tiempo. Por un tiempo no recogí nada del suelo de mi apartamento, no me preparé comida, no aseaba el cuarto de baño, no me vestía para salir a la calle, no veía mucho la luz del día, 'para qué', pensaba. Un día llegó mi prima, la única familiar que tenía cerca, y me sacó de mi estado zen con una caja de arroz chino y dos cervezas. Ahora que lo veo desde la distancia me parece un episodio neutro, gris, sin propósito, pero el haberlo visualizado desde fuera me produce temor, miedo de mí mismo en alguna situación similar futura.

No me conmovía con un libro así desde La Broma de Milan Kundera. ¿Cuáles son las secuelas? Mañana quiero madrugar y trabajar y hacer y pensar cosas no indigentes. Gracias Paul Auster por joderme la semana.

26 de mayo de 2012

Colombia no tiene sentido

De cómo nos absorbe el país del cual somos y al cual no queremos pertenecer. Sobre esto quería escribir hace rato, pero no sé cómo abordarlo: es que no lo entiendo muy bien. No es algo que se pueda analizar tan fácilmente, por lo menos no para mí que me toca pertenecer a un sistema que no solamente no quiero, sino que me cuesta mucho respetarlo.

Llegué de España convencido de que entendería mucho mejor esta sociedad colombiana después de absorber otra cultura, que se supone es de la cual provenimos, y que entendiendo nuestras raíces me asimilaría mejor en la cultura resultante, que es la mía, pero no es así. Colombia no tiene sentido. No respetamos nada, ni las raíces, ni las nuevas pautas de globalización, ni el sentido común de la modernidad, ni mucho menos del presente mundial.

Pero he identificado dos cosas, que como es lógico acá, no tienen sentido ni valor ni nada por ser redundantes y según para qué tipo de oídos, rimbombantes, así que ahí van, con más razón:

Primero. La religión tiene absorbido controlado cerrado manipulado corroído y corrompido el pensamiento colectivo de la población. Eso ya lo sabía desde siempre y desde la distancia se nota más y mejor, pero estar de nuevo metido en el fango del cristianismo, catolicismo o evangelismo (para mí es la misma mierda con diferente olor) más tercos y oficialmente establecidos que nunca, es agobiante además de desgastante. Es desesperante. Todos, todos, todos son religiosos convencidos y es increíble que no haya un pequeño espacio para una duda al menos. Para preguntarse ese ¿por qué? tan famoso que ha marcado la historia de la evolución humana. De eso no se ve acá.

Y segundo. Por lo regular, casi con el mismo convencimiento de la existencia de un dios, la gente está convencida de que la política no sirve para nada, que es algo que simplemente pasa en una parte virtual y escrita del país (en los noticieros y los periódicos) y que no afecta para nada y de ninguna forma nuestras vidas. Que la vida es la de acá, la que sucede al rededores de Bogotá y que lo de allá no sirve para nada.

*Es decir: creen, se educan y se defienden firmemente en el mundo (imaginario) de los padrenuestros y avemarías y no el mundo (real) de la economía, la sociedad y la política.* 

La lista de anomalías y patologías socioculturales es larga y cansada. Podría seguir con el machismo medieval, el chouvinismo férreo, la cultura reguetonera, la ranchera y los Shots, la cultura de la telenovela, los anglisismos asumidos, el uribismo —ahora solapado—, el conservadurismo o el impresionante pasotismo respecto a la guerra interna. Son cosas que se dan todas juntas y en casi todas las personas (contradicciones, siempre, siempre contradicciones). Pero qué va, pareciera que ésto solo me importara a mí, y que viviera en un mundo abstracto que solo sucede en otro mundo que no es éste: el de afuera, donde todo no es como acá, «que la cosa acá es más dura y complicada» (se defienden).

Quiero resistir, pero no he encontrado la fórmula correcta. De eso sí estoy seguro. Por ahora solo funciona una, que es la misma que utilicé antes de irme, y consiste en encerrarme en la Internet, donde se vuelve virtual el mundo real, o viceversa, ya no lo tengo claro, como dije arriba.

Lo triste de mi caso, es que después de no estar viciado por estas incongruencias, después de haber pensado que lo superé en cinco años de exilio voluntario, y de equivocarme al pensar que podría entenderlo tan bien que lo podría volcar a mi favor, me entero de que no es así. La gente que quiero y que he resptado alguna vez me lo contraindican a cada momento. Es difícil aceptar que son así (que yo no soy así), que no van a cambiar y que debo respetarlos, que no debo desmontarlos de sus mundos porque simplemente no me aceptarían. Es jodido enterarse que simplemente no hago parte de ellos, que no hago parte de los míos. Porque el espejo que traje del otro lado del charco ya no me lo reciben a cambio del tesoro que tienen ahora, representado por la ignorancia, que es oro y que los hace felices. Cómo puedo quitarles eso, no tendría sentido, como éste país mismo.

14 de marzo de 2012

Tatuajes del alma

La memoria es una aguja tatuadora y la piel es el mismo lienzo. Los espacios y las atmósferas que están impresos en el cuerpo no se van nunca. Se quedan dibujados en algún lado por dentro, pero se sienten en la superficie del alma, que es la misma del cuerpo: la piel. El corazón proyecta emociones y la piel las plasma cual pantalla, transmitiendo sensaciones corporales que emiten desde ondas sentimentales.

Se me vienen encima los lugares y momentos que viví en España durante mi estadía, y es vivirlos de nuevo. Entiendo perfectamente que es normal que estén tan vivos, pues acabo de arribar hace poco más de un mes, pero la cercanía temporal no es lo que me conmueve. Me resulta impresionante cómo lo vivido se queda dentro por siempre. Somos un almacén de lugares, de aromas, de imágenes, de ambientes, de colores, de sabores y de sentimientos. Somos atrapantes y nos quedamos con todo por siempre porque tenemos la mejor licencia del mundo: existimos. Y cuando existimos en un lugar por tanto tiempo las cosas pasan a ser nuestras. Los hábitos continuos en determinado espacio son como rellenar páginas de un cuaderno con una misma frase. Te la aprendes para siempre. Porque somos escritores de momentos, y somos memoria constante que los atrapa y los almacena, cada uno a su manera.

Me alegro de poder recordar, de poder vivir de nuevo, de tener encima el peso de los momentos, buenos y no tan buenos. Son golpes sórdidos entre paréntesis que se dibujan con realidad y certeza. Me dicen, ‘aquí estuviste, aquí pasaste calor, frío, hambre, sed… acá reíste, acá lloraste…’. Ese acá que es lleno, que no deja lugar a dudas, que no concede y te tatúa cada que vuelve. Me alegro de vivir y revivir aquello que aunque se haya ido nunca nos deja.

18 de febrero de 2012

Un pescado revolcándose

Esta vez quiero compartir algo con mis amigos y colegas mi visita al Museo Guggenheim de Bilbao [Abril de 2010].

Es que no tener que nacer una o muchas generaciones después para poder conocer una obra arquitectónica, teniendo la certeza que es una de las más importantes en toda la historia de la humanidad, ya es de entrada, un privilegio muy grande. Yo recuerdo en mi época de estudiante que alguna vez me tomé la delicadeza de escuchar una clase de un profesor, que entre alumnos llamábamos Tribilín (tenia entre los dientes una luz próxima a la de los pilares de La Sagrada Familia), que nos explicó que había un loco que acababa de construir un museo en España, un arquitecto que estaba tan tostado que había hecho las paredes tan curvas, ¡que cuando terminaron el edificio no podían colgar los cuadros! Ese comentario nos hizo tanta gracia, que me obligó a investigar un poco de qué edificio se trataba. Pues sí, se trataba de este museo, el segundo de los cinco construidos hasta ahora en el mundo-mundial de nombre Guggenheim. Pues resulta que apenas ahora vengo a comprobar, que este señor se equivocaba —y espero que lo haya hecho intencionalmente para incentivar la investigación—, pues es un comentario tan desafortunado como sus dientes, ya que sí que se puede decir que el edificio es totalmente curvo, en su estructura, ¡pero hombre! lo cuadros se cuelgan tan normal como en cualquier museo, ya que hay salas de exposición para todo tipo de arte. Y cuando digo todo tipo de arte, es en el más alto sentido de la frase: escultura, pintura, cine, animé, fotografía, de todo, y en formatos nunca antes planteados.

Pues sí, me pegué la pela de recorrer 1.066 Km en carro —contados por el Google Maps— para ir a conocer el museo este. Pero si que valió la pena, o la pela. En todo el camino de ida, miraba para el cielo con la esperanza de que saliera un rayo de sol benévolo, que me permitiera ver las espectaculares escamas de su revestimiento más doradas, y así poder hacer mejores fotos. Pero no, estamos en primavera y en el país vasco el clima es oceánico, todo el tiempo cae una lluvia mariquita que moja pero que no empapa tampoco. Así que me conformé con saber que iba un día normal en la vida de todo bilbaíno, a ver tal joya. Una vez parados en Bilbao y al estar al lado de su ría, me palpitó el corazón tan fuerte como el día que caí en cuenta, que estaba en un salón de clases, estudiando arquitectura con 85 niños más, que creo, tenían las mismas ilusiones mías. La aproximación al museo es simple, y a medida que el visitante se acerca, éste se va asomando en medio de los edificios grises, como cuando te espera tu madre después de que te bajas de tu primera montaña rusa, con una sonrisa en la cara esperando que le expliques qué sentiste. Es un edificio alegre, fue mi primera impresión.

Llegué tan desprevenido como su imágen misma. Aunque conocía algo de este edificio, no me había puesto en la tarea de estudiarlo a fondo mediante libros, datos, tablas, descripciones o números. No. Siempre he tenido la firme sensación que un edificio se conoce, de verdad, cuando se vive. Así como no se conoce una buena película cuando te la cuentan, o así cuando te ves una película basada en un buen libro. No es lo mismo. La arquitectura no es simplemente imágen, no es simplemente áreas, volúmenes, vistas, fachadas, cortes, perspectivas, color, no. La arquitectura se crea con todo eso, pero es mucho más. Y parece ser que ese loco que decía el profesor Tribilín lo tiene muy claro. No me estudié sus plantas, sus áreas de exposición, sus folletos indicativos, casi ni me escuché las audioguías; llegué con la mente virgen, en blanco, sin prejuicios, para poder sacar mis propias conclusiones, fundadas únicamente en la experiencia de vivir una obra de arte.

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Me dejé llevar. Me identifiqué con el muñequito a escala 1:75 que puse en una maqueta de 7º semestre, que supuestamente servía para darle escala a la propia maqueta, pero yo, en mi habitación estudiantil, un día a las cuatro de la mañana (dejo claro que no me drogaba), intentaba ponerme en sus pies y poder recorrer la chanda de edificio que acabada de modelar, y que yo creía el mejor de mi historia académica. Quería recorrer mi edificio. Pues ahora, sé lo que es recorrer un gran edificio realmente, no como mi mierda de maqueta, que al final, sí resultó ser la mejor que he hecho. Así pues, iba de espacio en espacio, con un gozo, que se asemeja cuando me succionan con una preciosa y femenina boca mi falo elevado a su máxima expresión mientras cierro los ojos y mastico un chicle. Hubo un momento en el recorrido que me causó tanta gracia que lo contaré. Mientras apreciaba una escultura de Richard Serra —uno de los mas prodigiosos escultores de nuestra época—, que se recorre y se asemeja a un laberinto curvo, sin sentido, y cuyo único objetivo es desorientar a su observador-caminante, un niño de unos 8 años, al terminar el recorrido que plantea el artista, que es muy largo, dijo con cara de enfado la expresión más española que conozco: ¡me cago en la ostia! Me dejó entrever cuál será su recuerdo de aquella escultura tan famosa, que no hace más que 'sacar la piedra', desde el punto de vista del niño, claro está. Nada que ver con mi humilde experiencia de mi visita al museo Quimbaya de Armenia Quindío, tan sencillo como la cultura que representa, cuando tenía los mismos 8 años, y que me dejó por siempre un sabor cálido en el alma y que vuelvo a vivir cada vez que lo visito.

Un chino que pinta telas con pólvora, esculturas de yeso que se desbaratan a medida que evoluciona su exposición, animé japonés mezclado con estatuas estilo Manga, por ahí vi la nena de Sailor Moon empelota (buen apunte del artista), películas de africanos que cuando hablaban no se entendía nada —como es natural, pero no estaban traducidos los diálogos—, dibujos de niños, barcos encallados repletos de cerámica por dentro. Bueno, hay de todo y para todos los gustos, pero lo que más me impresionó dentro de la muestra, es una escultura de 99 lobos feroces elaborados a escala real (yo juraría que son reales), que cogen impulso de varios metros, vuelan cuales renos de Santa Claus, y se estrellan estrepitosamente contra una pared de cristal. Se levantan indignados y vuelven y se tiran de nuevo cumpliendo el mismo ciclo anterior, que aunque no consiguen nada más, aparte de destrozar su integridad física, van a seguir haciéndolo por los siglos de los siglos. Casi un performance interpretado por animales. Me sentí igual que Neo, cuando estaba entendiendo de qué putas se trataba la película Matrix (porque estaba volando igual que todos los espectadores), y a Morfeo le tocó parar la pelicula para explicarle, y explicarnos, y ¡Tuc! ¡Se paraliza todo! Y te encuentras en un mundo totalmente fatuo. Ese sentimiento se acentúa más cuando en la leyenda se explica que la pared de cristal, tiene las mismas medidas que el muro de Berlín.

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Artista: Cai Guo-Qiang
Y así fui caminado con calma el recorrido que el museo me planteaba instintivamente, sin giros de 90 grados para ver la siguiente galería, todo fluía, todo estaba iluminado correctamente, en su punto perfecto, los materiales que construyen el edificio son únicos, aunque sean yeso, hierro, cristal o pintura plástica. Están en su lugar. Existe unidad, como me explicó alguna vez uno de los pocos profesores buenos que tuve.

Al final, después de todo el recorrido, me senté a ver la entrevista del loco que se atrevió a construir un edificio que parece hecho con los mismos colores de sus sueños, que se atrevió a construirlo con materiales de nuestro mundo, y que sólo él tuvo la grandeza de corresponder y contradecir a todas las expectativas de los grandes artistas contemporáneos, de la gente normal y de callar la boca de uno que otro político necio. Frank Gehry. Un viejito con el alma más joven que la de Peter Pan, dice dos o tres cosas que todos sabemos de su obra, pero después dice algo que me parecio cautivador. Un día estaba desesperado buscando el material adecuado para el revestimiento del edificio, intentó con acero inoxidable, con cobre, los metió en diferentes ácidos para 'sacarles algún sentimiento' sin conseguirlo. Luego, accidentalmente se encontró en su oficina un trozo de titanio, así que lo colgó en un poste al otro lado de la calle y exactamente ese día, llovió. Así que desde su ventana observó que este material por efecto de la lluvia, cambió de plata a dorado. Su forma de contarlo y su cara reflejan lo que sintió en ese momento: Le pareció algo simplemente hermoso. Entendí que no fui tan desafortunado de ir a conocer el edificio un día lluvioso, porque lo vi perfectamente y tal como lo tenía en mi imaginación el día que decidí que tenía que visitarlo. Quería verlo dorado.

Así pues queridos amigos y colegas, aparte de todas las cosas que he explicado en esta nota, por la única cosa que me atrevo recomendar su visita, es por una muy simple. Por la noche, y estando más cansado que soldado en guerra, en plena etapa R.E.M. sólamente se pone a nuestro alcance algo que siempre hace falta en el mundo fatuo de Cai: cosas bonitas.

15 de febrero de 2012

En defensa de los hombres

Entiéndase los hombres por género humano, y entiéndase en defensa de como el enunciado por excelencia de los defensores de animales. Los defensores de los perros callejeros, de las ballenas, de los toros...

Nunca he maltratado a un animal y creo que eso certifica que nunca lo haré. No porque los quiera, sino porque me inspiran respeto. Pero confieso que estoy un poco harto de los autodenominados defensores de animales. Los que se indignan por cualquier cosa que les afecte, o que les amenace, o que les ofenda (si es que se puede ofender a un animal, no sé, seguro que alguno tiene una teoría científica que lo avala). Pero señores, qué esperaban en un país como Colombia, donde el gobierno asesina a miles de personas y la gente sigue viendo novelas como si no pasara nada.

La defensa de los animales me parece bien que se haga en Europa —y digamos que sólo en algunos pocos países—, porque en su Estado del Bienestar ya está solucionada la problemática social, y hay pocas personas que no tienen cobijo de su gobierno y no viven en condiciones adecuadas, o como mínimo dignas (que eso se esté desmoronando ahora es otra historia). Entonces, en ese caso vale la pena seguir con la tarea de defender a los animales, protestar por la matanza de osos o ayunar por la tala de árboles, si hay tiempo para eso, pues que se utilice por una causa justa. Allá, no acá, donde el problema de indigencia, de desplazados, de desamparados, en definitiva, de personas, es apremiante. Durante la Segunda Guerra Mundial no creo que los franceses ocupados por los alemanes tuvieran cabeza para pensar en que los tigres de Bengala eran explotados en circos, por ejemplo. O vaya uno a ver si un campesino desplazado tiene problemas porque los japoneses comen delfines. Y ya no digo de hacer un simple conteo de todos los defensores de animales a ver cuántos no son carnívoros.

El fácil ser mal interpretado en éste tema: no estoy a favor de las corridas de toros, ni de las carreras de caballos, ni peleas de gallos o perros. El tema es de las prioridades de las clases más favorecidas.

Acá, donde los niños indígenas se mueren de hambre, los semáforos son habitados y los mendigos están por todas partes como muertos vivientes, que se entre a defender a una decena de toros primero que a 4 millones de desplazados me parece de una insensatez lamentable. Creo firmemente que en un país donde no está solucionado el bienestar social deberíamos ordenar nuestras prioridades. Primero las personas, después los animales.